Considerada por no pocos como una banda “menor”, los Red Hot Chili Peppers han sido, a lo largo de más de dos décadas, una de las agrupaciones más importantes del planeta. Surgido a mediados de los ochenta, este cuarteto no sólo ha construido una propuesta original y perfectamente característica, sino que su influencia ha trascendido en el tiempo para alcanzar a cuando menos dos o tres generaciones de músicos y escuchas. Con un estilo fresco, desparpajado, desenfadado, provocativo y cínico, su música es tan distingible como las personalidades de sus integrantes. Anthony Kiedis, Flea, John Frusciante y Chad Smith (además de gente como Hillel Slovak, Jack Irons y Dave Navarro) han sido capaces de crear eso de lo que muy pocos pueden presumir: un sonido propio. A pesar de una vida de excesos (¿o debido a la misma?) sus composiciones, sus álbumes y sus conciertos poseen un aura muy especial en la cual el desenfreno se combina con la delicadeza y el estruendo se entremezcla con la ternura. Melodiosos, sutiles y armoniosos pero a la vez tremendamente rítmicos; raperos, funkeros y baladeros pero al mismo tiempo pulcramente rocanroleros, estos chiles más que picaantes no sólo nos han dado discos de primer nivel (del Freaky Style al Blood Sugar Sex Magik y del Californication al Stadium Arcadium) y canciones memorable (ahí estan hermosas piezas de orfebrería sonora como “I Could Have Lied” y “Breaking the Girl” o vertiginosos temas con afilados beats como “Suck My Kiss” y “Hump the Bump”, para no hablar de sus conocidísimas “Give It Away”, “Under the Bridge”, “Scar Tissue” o “Californication”), sino una posición ante la vida que los ha llevado a salir adelante a pesar de las mil y una vicisitudes en las cuales se han visto inmersos.






